domingo, 18 de julio de 2010

El Verdugo Vergudo

Cuentan que en la penúltima celda del calabozo, resguardado entre angostas y oxidadas paredes, doblemente cabizbajo se encuentra el Verdugo Vergudo.

Dicen que el suyo fue un parto de cuidado, pues en vez de asomar cabeza al mundo y así prevenirse de futuros peligros, nuestro cuasi trípode amigo se presentó a la vida anteponiendo su gran dote.

Aprender a caminar le resultó una magna labor, pues llevaba a él zurcido el obstáculo de todos sus tropiezos.

Quienes habitan los alrededores del palacio se han acostumbrado a arrullar a sus niños con el espeso llanto del verdugo, que mirando la luna recuerda los días de libertad en que corría con pantalones largos, y con el miembro amarrado a la pierna subía y bajaba colinas en compañía de otros niños que desconocían su secreto.

Él sabe que sí se encuentra preso ahora es por culpa de Anita, de los trece años que ambos cargaban entonces y de los senos nacientes que se translucían bajo su blusa con ayuda de la lluvia. Sabe que sí ella no lo hubiera besado, su falo no habría reventado las correas que lo ataban y que sí aquel momento se hubiera atrasado tan sólo lo suficiente para alejarse del templo, el sacerdote no le hubiera llamado bestia apocalíptica ni lo hubiera arrastrado del prepucio hasta los tribunales, donde doce cardenales lo acusaron de realizar pactos diabólicos y un par de hombres de ciencia resolvieron que su anatomía tenía raíz en el bestialismo practicado por su madre con un asno.

Sólo Anita, que le conoció antes el alma que el sexo, sabe que el Vergudo tiene nombre (Se llama Teofalo) y que aborrece su oficio. Sabe que la asfixia de aquella mujer en los tribunales fue tan sólo un tristísimo accidente. Ninguno de los dos sabía las consecuencias extremas que conllevaría el felatio. “Que en paz descanse su prostituta alma” reza.

Fueron ellos, los cardenales, quienes al contemplar el acto descubrieron con gracia la poderosa herramienta inquisidora que el Señor les había enviado.

El padre Toribio, aficionado a la mecánica y la metalurgia, se encargó de transformar el pene del vergudo en un artefacto de tortura multiusos: En ladrones se usaba cual horca, a las adulteras se les penetraba con funda de clavos, enhiesto empalaba a las brujas y flácido latigueaba a traidores. Importaba poco que Teofalo tragara llanto al ver su dignidad desmoronarse entre torturas, al verse transformado en el esclavo malvado de un monstruo al que repudia

Los juglares le apodaron el Verdugo Vergudo y contaron terribles historias sobre su persona, el tiempo se encargo de llevar su nombre al olvido, hay quien afirma que nunca lo tuvo. Hace pocos años un grupo de mujeres que le rinden culto fue a su rescate. Hasta la fecha ninguna regresa.
Y es que en estos entonces sólo sabemos que en verdad existe por que cuando el canto del búho se funde con su llanto, Anita canta en su mecedora una canción de viejos amores.

1 comentario:

  1. Ya se ven todos los usos que puede tener ese miembro.
    Me ha hecho sonreir, pero tiene su toque tierno.
    Saludos

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